Que paradójica la manera en que de repente un día parece que el mundo no nos entiende en lo absoluto y otros días nos cae la ficha de tal manera que todo nos cierra y somos uno con el mundo. Algo así me pasó hace un par de días.
Demás está decir que este fue y es un año de muchos cambios personales y profesionales. Un año donde todo parece desencajar y volver a armarse pero de otra forma, como si pusiera las mismas fichas en un rompecabezas nuevo cada vez.
Muchas preguntas y pocas respuestas. O muchas respuestas a pocas preguntas. La verdad, no lo sé.
De todas maneras, el mundo sigue girando y yo en él, yo con mis planteos, mis cambios, mis decepciones, mis deseos y sueños. Tengo que seguir intentando, todos lo dicen y eso hago. Algunas mañanas con más ímpetu que otras. Pero sigo remando aunque por momentos no entienda que hace el remo en mi mano..
Entonces, una noche, así de la nada, se corta la luz mientras me apuro a guardar la info que estaba procesando en la computadora con mi media naranja. Y lo que alguna vez fue luz es ahora oscuridad. Es increíble como lo cierto se convierte en incierto y los lugares conocidos hace minutos se convierten en espacios desconocidos. Nos envuelve la negrura del cielo con apenas dos o tres nubes dispersas.
Y entonces dejamos de mover los dedos insistentes por el teclado, nos quedamos quietos en las sillas. Casi por casualidad los dos decidimos no hablar para no interrumpir a la oscuridad que había venido de visita inesperadamente.
Luego de un rato así, parpadeando y mirando la nada oscura nos dimos vuelta e instintivamente buscamos la luz, las ventanas que dan al jardín. A ver que había ahí afuera aparte de oscuridad. Porque siempre estamos destinados a buscar la claridad, la certeza de aquello que podemos ver, oler, tocar, sentir.
La noche era inmensa, y sé que está mal dicho y que cualquier profe de literatura odiaría la expresión por ser errada. Pero así lo sentí, lo sentimos. Mirábamos por la ventana como por primera vez. El jardín, siempre tan colorido y vivaz ahora nos miraba dormido y eso nos asombraba.
Pero entonces, de ese silencio oscuro y negro se hizo la luz. No una luz magnífica sino una bien chiquita. Una que titilaba y se movía discreta.
Él fue el primero en verla y me dijo su nombre. Entonces la busqué inquieta. Hacía mucho que no veía una. Y así como iluminada, valga la redundancia, le dije muy segura: Viste, a veces se tiene que poner oscuro para que podamos ver la luz. Muy profético de mi parte pero se ve que le gustó porque suspiró y me dio un beso en la mejilla. Yo estaba recostada sobre su pecho con la mirada fija en esa luz movediza, diminuta, hipnotizante.
Que paradójica la manera en que de repente un día parece que el mundo no nos entiende en lo absoluto y otros días nos cae la ficha de tal manera que todo nos cierra y somos uno con el mundo. Y ese día, el día que por alguna incierta razón todo parece acomodarse, hasta una luciérnaga puede lograr conmovernos increíblemente.




