lunes, 19 de mayo de 2008

Había una vez un cuento..




La sorpresa constante no sorprende

Alejandro Dolina







Había una vez una morocha de rulos, una noche, y un pedido. Era una noche de esas de mucha quietud, negra como mulata brasileña, en la que el tiempo parece detenerse. Dos amigos conversan de a ratos. La morocha de rulos había tenido un lindo día disfrutando de su compañía, y como apéndice de esas horas transitadas (apaciblemente, mucho sillón de por medio ja) estaba algo inquieta. Recostada, en voz baja, casi como un susurro le dijo a su amigo si le contaba un cuento. Un pedido algo insólito para una morocha de rulos de copiosos 25, tal vez.

Demás está decir, que ese cuento fue todo lo que esperaba escuchar. Increiblemente detallado, podía verme andar los paisajes y los personajes de la historia, una historia que me tenía como protagonista principal, en un futuro lejano (o no tanto) y en una vida posible de todas esas que nos tocan vivir. Quizás valga la pena decir que el cuento lo desencadenó la pregunta de la morocha: contame como estaría yo dentro de 10 años. No fue solamente lo que desencadenó. Fueron un par de lágrimas, pero también la reflexión de este post. Cuando y donde perdimos la capacidad de emocionarnos, de dejarnos sorprender, de conmovernos?

Asombrar: causar gran admiración o extrañeza. Conmover: turbarse, sentir agitación, inquietud. Parece que nuestro postmoderno transitar por la ciudad emanara mucho de asombrar y conmover. No hace mucho en un seminario de mi especialidad escuché que "toda la publicidad actual está destinada a que vivamos cada situación como una nueva experiencia". Ej. Lavarse el pelo con el shampoo XY será toda una experiencia; si tomas este jugo levemente gasificado será toda una experiencia; y así sucesivamente. Estamos seguros que estamos repletos de nuevas e interesantes experiencias? Estamos asombrándonos y conmoviéndonos frecuentemente? Mi sentir es que no.

Quizás por eso, cuando me encuentro conmovida por mi ciudad, por un miércoles andando por la calle Corrientes a las 2 am iluminado gloriosamente, por ese espectáculo único en el mundo que es nuestro obelisco, nuestra Buenos Aires (con sus bemoles, claro está), nuestra gente recorriendo cafeterías tan alegremente como si fueran las 10 siendo las 2 am, no puedo no conmoverme. Porque eso es Buenos Aires, eso somos los argentinos, algo de artistas, algo de locos de atar que disfrutamos de una charla con amigos mientras nos sambullimos en un café con medialunas o una grande de muzza a las 2 am como si nada (o como debe ser!). Así, con esa explosión de gentes, de gestos, de momentos, no puedo no conmoverme.

No quedan dudas ya de que nos invaden los medios audiovisuales, las formas que no permanecen estáticas (no en este bendito siglo XXI), los sonidos de todo tipo y calibre. Y así todo nada de eso nos conmueve. Nos dicen como nos debería conmover, pero nos conmueve? Nos conmueve tener la última versión del último celular? O la laptop que nos identifica dactilarmente? O ver nuestra casa desde internet? (esto último lo tomo prestado de una letra, de una canción de los Cafres, a quienes voy a llegar en breve!). Lamentablemente, nada de esto nos conmueve o asombra en lo absoluto, sencillamente porque nacimos con ello y nos parece cotidiano el que formen parte de nuestro día a día. Entonces, no puedo evitar preguntarme: que cosas, que hechos, personas, nos conmueven a los seres humanos hoy?

Ahora sí por suerte tengo un par para ampliar. Levanto la mano decidida a responder esa pregunta. Y digo que me conmueve ver al cantante de una banda que me gusta mucho. Me conmuever verlo recorrer el escenario contento, verlo disfrutar de todo eso que se da en su público, ese dar y recibir que forma parte de un concierto. Me conmueve verlo acercarse hacia donde estoy, tan cerca y a la vez tan lejos (me separan de él apenas 3 cabezas) verlo pararse enfrente y notar el brillo incandecente de sus ojos con cada palabra nueva que van hilando su canción. Es como si brotaran de sus ojos las palabras, eso que es tan propio de el pero que a la vez su público ya ha hecho propio al estar ahí, reunidos, siendo parte de esa sintonía tan especial. Eso definitivamente me conmueve.

Por último, no puedo no conmoverme cuando me veo inmersa en un mar de lágrimas luego de un cuento magnífico, contado con tanto cariño, con tanta dedicación (y algo de devoción). Cuando y donde perdimos esa magia? Dejamos de creer lentamente en todo lo que nos proporcionaba algo de ilusión: Papá Noel, el Ratón Perez, como sería nuestro primer beso, el amor. Dejamos de conmovernos. Pero no todo está perdido mis queridos amigos. Recuerden que había una vez una morocha de rulos, una noche, y un pedido (cumplido satisfactoriamente)! Y colorín colorado, este cuento y esta morocha de rulos se despiden, porque esta post (espern otros!) se ha terminado.

PD: La foto que encabeza este post pertenece al famoso fotógrafo Arthur Fellig - Weegee (1899-1968) llamado El Cronista Rojo, fue un inmigrante ucraniano que se convirtió en uno de los fotógrafos más famosos de norteamerica. Rastreando cada noche las calles de Nueva York en un desvencijado Chevy de dos puertas equipado con una radio de la policía, Weegee proporcionó a los periódicos, desde 1930 hasta 1940, instantáneas de víctimas de reyertas callejeras cubiertas de sangre, accidentes de tráfico y altercados domésticos. También fotografió cientos de reveladores imágenes de la vida cotidiana de los ciudadanos ricos y pobres de Nueva York. Ver más en http://vagos.es/showpost.php?p=1645902&postcount=47

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